Aunque el tiempo no acompañe precisamente ya que nos hemos despertado entre lluvias, casi rayos y centellas, esta semana no he podido dejar escapar la oportunidad de hablar de una tradición que aquí poca gente (que yo conozca) mantiene, sin embargo la recuerdo como una de las más bonitas de mi infancia. La búsqueda de los huevos de pascua.
Una semana antes de que empezasen las vacaciones dedicábamos unas cuantas horas de clase a dar rienda suelta a nuestra imaginación, (aproximadamente teníamos 5 años, que conste), no solo eso, también creábamos nuestras primeras cestitas de mimbre, que cuidadosamente guardaríamos en nuestros pidgeon holes (a los que con 5 años, y con 18 también, llamábamos #pichinjols por no habernos parado a pensar qué significaba, pero eso es otra historia) y esperábamos ansiosos a la búsqueda del día antes de irnos de vacaciones.

Esa misma tarde, mientras nosotros comíamos, el Conejito de los huevos de pascua los recogía y los esparcía por la campa verde, dejándonos, aparte, regalos que iríamos encontrando, casi siempre huevos de chocolate que, ojo, con cinco años son el equivalente a encontrarte un billete de 100€, o más.
Me apetecía contar esta historia porque, aunque el tiempo no acompañe, acompañará, y estoy segura de que estas actividades, al más puro estilo de la búsqueda del tesoro, serán un buen reclamo para mantener a los niños entretenidos cualquier tarde, si sale este tiempo se puede incluso hacer en casa y si sale bueno, a disfrutar de los estupendos parques que tenemos en la ciudad…¡Y a pisar la hierba!




